«SUFRÍ COMO UN PERRO PARA JUGAR EN CÓRDOBA»

Ángel García

Diecinueve años después, ante el mismo equipo en el que debutó en 2A, el meta vasco Míkel Saizar cumplió una de esas cifras que a los porteros les gusta tatuarse en sus recuerdos: Cien partidos en la categoría de bronce sin recibir un gol en un partido, dejando su portería a cero, lo que los ingleses dicen clean sheet. Fue el pasado fin de semana, en un partido en el que su equipo, el Amorebieta venció por la mínima al Real Unión, el equipo en el que se asomó al profesionalismo. “No me imaginaba esa cifra. Me acuerdo de otras, pero no esperaba que hubiera cumplido un centenar sin recibir un gol” nos contaba ya en frío, un día después del partido, en una entrevista que se alargó tanto que casi no ve a su primo, Erik Jaka, ser campeón del Trofeo Manomanista 2020, el título más importante del año para los pelotaris.

 

No es el número de partidos disputados, es ya lo que supone mantener a cero la portería un centenar de partidos. Parece sencillo decirlo.

Ufff, lo pienso ahora y veo la carrera hacia atrás. Y no es fácil, pero también es mérito de los compañeros. Realmente ,de cifras, no conozco mucho, y es raro que mi amigo Cervero no me dijera nada. Él es un enfermo de las cifras, de las estadísticas, es un apasionado.

Está el doctor también acumulando méritos en forma de goles para ascender en la clasificación histórica de goleadores.

Se lo merece todo. Disfruta con lo que hace y es un delantero tremendo. Conociéndole, seguro que calcula los partidos aproximados que le quedan para seguir adelantando a quienes tiene por delante.

Y los dos acumulando años, partidos y sin la retirada en el horizonte.

Creo que a mí me queda cuerda. Físicamente no estoy sufriendo, quiero seguir jugando y disfrutar del fútbol. No veo la retirada cercana.

Rebobinando años, partimos de un dilema con catorce años: Si elegir el Athletic o la Real Sociedad.

Jugaba en Tolosa, mi pueblo, y me vinieron a ver ojeadores de ambos equipos. Yo siempre he sido de la Real, pero mi padre era del Athletic. Al final me fui para Bilbao, a una residencia donde estaban también conmigo Aranzubía, Iraola, Gurpegui…

Tuvo entrenadores míticos.

Estuve dos años y el primer año fue Valverde mi entrenador. La segunda temporada jugué ya menos y veía que podría salir, que era una posibilidad que al final se dio.

 

Y regresa a casa.

Sí, y me lo tomé con calma, sin presión, para disfrutar del fútbol a mi manera.

¿Necesitaba volver a disfrutar?

En el Athletic siempre hay presión, y más en la cantera porque hay competencia. Había llegado con 14 años, a una residencia, solo. Me costó salir de casa para irme. Por eso regresar, volver con la familia y los amigos, sin presión, fue algo que me tranquilizó.

¿Qué aprendió en el Athletic?

Lo que es la competición, pero es que me quedé con la sensación de no haberlo dado todo, que podía haber hecho algo más, pero ya era tarde para lamentarse.

 

¿Se arrepiente de aquella salida?

Fue un buen tortazo, pero terminas espabilando. Y no me arrepiento. Nunca me he arrepentido de ninguna decisión que he tomado en mi carrera, nosotros mismos somos los que hacemos nuestro camino.

Pero luego vuelve a destacar y firma por el Real Unión, un histórico en el fútbol vasco.

Llegué en juveniles y ya el último año paso a entrenar a diario con Javier Zubillaga. Me dio unos partidos al final de la temporada. Un día me dijo que la Real iba a venir al campo el día del Hospitalet. Hice un buen partido y me llaman entonces la propia Real y el Alavés, pero esta vez no, esta vez no lo dejé pasar y me fui a Donosti.

Sería su ilusión.

Imagine; vivo al lado, era mi equipo. Encima con un proyecto nuevo para el filial. Llegamos con Xabi Prieto, Garrido, Zubiaurre. Estábamos en 3ª, en la 2002-03, pero ascendimos a 2B. Incluso llegué a ir convocado con el primer equipo en un partido a Sevilla, el año del subcampeonato. Fue la hostia para mí.

¿Cómo fue aquello?

Pues ni lo soñaba. No había ni móviles. Me llaman a casa y me dicen que me voy con el primer equipo, con mis ídolos; Nihat, Karpin, De Pedro… ¡No tenía ni traje, ni zapatos, ni nada! De Pedro me dejó sus zapatos, unas botas… yo era muy cortado. Me pusieron el traje de vestir Sergio Boris y me quedaba corto. Ahora que se llevan los pantalones tan cortos iría a la moda (risas).

 

Iba de prestado.

Totalmente, pero disfrutando sin decir nada. Me acuerdo de De Pedro, se portó conmigo de forma espectacular, era un fuera de serie.

Para contar a sus nietos…

Peleé mucho esos cuatro años en la Real Sociedad, siempre como tercer portero, pero la pena fue no debutar. Esa es la espina que tengo clavada.

¿Y lo mejor?

La camiseta con mi nombre y el escudo de la Champions League. Es uno de los recuerdos más bonitos que tengo del fútbol.

Y las pretemporadas con el primer equipo….

Ufff, eran criminales, bestiales, durísimas. Entrenamientos a tres sesiones en Austria. Estaba tan cansado que no podía ni bajar las escalares para las sesiones de la tarde. Y ahora me dicen algunos que son duras. Me río. Duras eran las de antes, ahora son entrenamientos light.

Raynald Denoueix, Amorrortu, Bakero, Gonzalo Arconada. 4 años entrenando con ellos y al final…

No debuto. Esa es mi espinita en el fútbol: No haber llegado a jugar en el primer equipo. Hice pretemporadas, fui convocado, pero nada de saltar al césped en partido oficial.

Vivió la temporada del subcampeonato. Estuvieron muy cerca.

Creo que nos faltó creérnoslo. Íbamos de tapados, y así salía en todos los medios. No fue bueno ir de esa manera. Y es algo de lo que se aprende. Escuché el otro día a Imanol Alguacil decir algo muy distinto. Dijo que aquel año se fue de tapados y este año no hay que hacer caso a lo que sucedió, que nada de ir de tapados. Eso me gusta, esa mentalidad.

 

Había una plantilla bestial.

Muy buena, les veías entrenar y volaban. Eran impresionantes, pero yo me quedo con Javi de Pedro. Es el mejor jugador que he visto en mi vida y, además, buena persona. Tenía una calidad brutal, te sacaba un centro de donde no imaginabas.

No debutó, pero lo consiguió muchos años después, con el Córdoba.

Cuesta mucho llegar, pero es que hay unas diferencias enormes, más de las que imagina. Por ejemplo, como portero cuando he estado en 2B hay 10 centros. Pues te rematan siete y 4 van a portería. De esos 4, 3 son fáciles y una es complicada de atajar. Cuando estás en Primera, todos los centros son buenos. Y si no piensas rápido ya te han marcado gol. Todo va a una velocidad que no puedes imaginar. Es otro mundo.

 

Después estará la calidad, el físico…

El balón va muy rápido y se piensa mucho más, muchas veces el balón va más rápido que tus pensamientos. Y tienes que ejecutar la acción bien. A veces lo pienso y es increíble. Y luego la genética, tener unas características que te ayuden.

¿Cómo?

Hay gente que son portentos físicos, compañeros que yo he tenido que eran bestias. Y si se cuidan… pues ya sabes. Mire, yo el año del Córdoba, en Primera, no cenaba ninguna noche para no salirme del peso. No comía, sufría como un perro… ¡pasaba hambre! Estaba en 82-83 kilos cuando ahora estoy en 90, mi peso correcto. Pero es que el ritmo te obligaba a estar en ese peso si querías competir. Otra cosa es que hubiera compañeros cuya genética les ayudaba, gente que eran portentos como Cartabia o Ghilas. Este estaba gordito pero era más rápido que el demonio, su velocidad de ejecución era impresionante.

Volviendo a sus orígenes, después de 4 años a caballo entre primer equipo realista y filial sales del equipo.

Por primera vez a jugar en un club, no era lo mismo que cuando era chaval y salí al Athletic. Me salieron dos ofertas; una del Rayo Vallecano y otra del Pontevedra, ambos en 2B. Firmo por el Pontevedra porque me veía jugando en 2A. Habían ganado el primer partido del playoff al Sevilla B. Y firmó por cuatro años con un contrato muy bueno. En el partido de vuelta pierden 0-2 y no se sube. Una decepción inicial, pero luego fue un equipo muy bueno. Estaban Charles, Igor y Yuri de delanteros. Te aseguraban más de 40 goles entre los tres. No encuentras ese nivel de delanteros juntos en un equipo ni en 2A ahora mismo. Y eso que apenas jugué con Javi Gracia, el míster.

Firma pensando ser titular y se pasa todo el año en al banco.

Pero es que estaba delante un francés, Bonis, que era un porterazo. Era sobrio, sabía estar y era buenísimo. Fue una faena, pero es que era muy muy bueno. Yo quería ser titular, peleaba por el puesto, pero nada. Y no tengo nada que reprocharme porque lo di todo.

Pero jugó al final dos partidos.

Una de mis desgracias, por decirlo así, es que siempre que he firmado en todos los equipos para ser suplente. Al final, con trabajo, terminas dando la vuelta al tema.

Solo cumple tres años de los cuatro firmados.

Había unos sueldos desorbitados en el fútbol de entonces en todos los equipos. Se cae el ladrillo y llega la crisis, deudas, pagos en B… el último año rescindo y me voy a León.

Buena ciudad.

Buenísima y en una Cultural con unas instalaciones impresionantes. Ahora lo pienso mucho y creo que es increíble que esté en 2B, es una pena. Es uno de los mejores sitios donde he estado, aunque me quedaré siempre con Pontevedra. Incluso tengo un piso allí todavía y voy todos los veranos.

Y vuelve a hacer las maletas. De León a Guadalajara.

Firmo solamente por cinco meses porque se había lesionado el portero, pero echan al míster y llega Carlos Terrazas. Empiezo a jugar y así todo el año. Y vamos al playoff y subimos en Miranda de Ebro ante el Mirandés, de penalti y casi en el 90. Con 28 años llego a 2A.

Nunca es tarde.

Pero yo siempre pensaba en llegar a Primera, nunca me lo quité de la cabeza.

Lo conseguiría, tal y como me ha contado, pero en 2A el curso siguiente lo juega todo.

Ya, pero me termina echando Terrazas. ¡La leche! Es el mejor entrenador que he tenido pero también el más peculiar. Hicimos una temporada buenísima para ser recién ascendidos, tuvimos opciones, incluso de ascender, pero no pudimos hacerlo mejor. Y, cuando acaba la temporada, hace una limpia y nos echa a casi todos porque decía que no lo habíamos dado todo para intentar subir a Primera. No se daba cuenta de que éramos recién ascendidos.

Y otra vez a hacer las maletas.

Claro, y otra vez a elegir, y creo que lo hago bien. Tenía el Nástic en 2B, que me daba casi el doble de pasta y un contrato de 3 años -dos más uno por objetivos- y el Córdoba. Lo pienso mucho y me voy a Andalucía por la mitad de pasta que en Tarragona, que era el mínimo de la categoría entonces. ¿Y sabes cómo llegué?

Cuénteme.

Voy a Córdoba con un jersey de punto y con frío, y, cuando llego allí hacía 150º a la sombra, ¡el puto infierno! No me creía que existiera tanto calor como cuando llegué. Era como estar por la calle con la calefacción a tope, incluso de noche.

¿Y en el césped?

Estaba Alberto García como portero y yo, como siempre, iba de suplente, pero aprendí mucho de Alberto. Al menos jugué la Copa del Rey. Y me ofrecen renovar en mejores condiciones. Entonces Alberto sale al Sporting y me quedo con Juan Carlos. Juego todo hasta que me rompo el dedo y me tienen que operar. ¡Y acabamos ascendiendo!

Muchos recuerdan aquella eliminatoria con Las Palmas. Vaya locura en el campo.

Aún nos juntamos varios compañeros de entonces y ellos me dicen que “el vasco”, por mí, no hacía más que decir que con un gol ascendíamos. Y es que lo sabía, se lo gritaba. Se lo decía, no callaba. Aún se me ponen los pelos de punta cuando lo recuerdo.

Llega a Primera cumplidos los treinta. Nunca es tarde.

Y debuto. Siempre fue mi objetivo, por lo que peleé. Recuerdo el debut. Djukic me dijo durante la semana que iba a haber un cambio en la portería y que iba a jugar… ¡Hostia, con 32 años!

¿Qué recuerda?

La semana, esos días previos que se me hicieron eternos. Pasaba la calle y miraba un montón de veces al pasar la calle, a ver si iba a ser que me pillara un coche cuando por fin  iba a jugar (risas). Se me hicieron largos los días. Y el día del partido estaba mi familia en la grada y salté con mi hija en brazos para la foto. Me decía a mí mismo: “Cabrón, lo has conseguido, ha merecido la pena”. Fue momentazo muy especial que le dediqué a mi padre.

Y vuelve a buscar equipo.

Tenía otro años más pero hicimos una segunda vuelta nefasta. Fue un año duro pese a estar en Primera. Córdoba es espectacular para lo bueno y para lo malo. Nos llevó en volandas cuando las cosas iban bien, pero cuando las cosas van mal, es duro. Creí que era el momento de salir.

Supongo que con pena, tras lo vivido.

Insisto en que Córdoba es una ciudad espectacular, pese al calor. En verano te mueres, te quita el calor las ganas de todo, pero tengo un recuerdo precioso de aquello y, además, mi hija nació allí.

Entonces llega tu única salida al extranjero.

Me surge la posibilidad de ir a Chipre. Allí estaba Ander Murillo, que había estado conmigo en aquellos años del Athletic. Le pregunto y para allá que voy, al AEK Larnaka con otro español, Thomas Christiansen, de entrenador. Pero tuve una lesión en el cuello que fue un sinvivir durante seis meses. Conocí un sitio precioso y a una gente increíble, pero, tras quince meses, me rescinden y regreso a España.

Aparece el Numancia.

Y de nuevo, firmo sabiendo que voy a ser suplente. Estaba Munir, que iba a salir del equipo, y Aitor Fernández. Al final Munir no sale y me quedo como tercer portero. Pero entonces me cambia el chip.

¿Qué sucede?

Conozco a Fran Sanz, el entrenador de porteros, y me cambia todo. La forma de jugar, la forma de entrenar, todo. Me hago un frikie de la portería. Me empiezo a preparar para entrenar porteros y comienzo a estudiar todo lo que supone la portería y ser portero. Me hago yo mismo mi propio entrenador a los 34 años.

¿Cómo te cambió?

Me dijo que tenía problemas de colocación, que debía jugar cuatro metros por detrás de lo que lo hacía. Me costó, pero gané mucho, sobre todo tiempo al fútbol. Cambio mi rendimiento totalmente.

Seis años después vuelve a 2B para jugar en el Burgos.

Juego dos temporadas espectaculares a nivel personal. Aumentó mi rendimiento tras lo que me sucedió en Soria y empiezo a disfrutar.

Acaba en el Amorebieta.

Tenía 36 años y quería estar cerca de casa, no irme lejos. Además, lo compatibilizo entrenando a las porteras del Éibar. Pero no quiero dejar el fútbol ¿eh? Me queda cuerda y físicamente me encuentro muy bien, no sufro entrenando, que es la clave.

Resumiendo su historia, ¿qué es lo mejor de ser un portero?

Ganar por 1-0. Es la hostia. Acabas el partido y te vas con una sensación de haber competido tremenda. Es mi resultado favorito.

¿Y la pelota vasca?

Me encanta. Me gusta verlo mucho más que ver partidos de fútbol. En directo es increíble; el bote de la piedra, porque esa pelota es como una piedra, la velocidad, saber aguantar el sufrimiento…

Y con un primo en la élite.

Erik Jaka, impresionante.

¿Se cambiaría por él?

Me hubiera gustado jugar a la pelota, vivir esa experiencia, pero no lo cambió por todo lo que he vivido en el fútbol. El fútbol me lo ha dado todo y he hecho feliz a mucha gente, a muchas ciudades. No tiene precio todo lo que he vivido y lo que me queda por vivir.

Ángel García

( www.cazurreando.com)

(Imagenes Cedidas por Míkel Saizar)

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